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Procrastinación, Abulia y Akrasía

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Cuando buscamos ayuda, consejo, consuelo ante los males que desasosiegan nuestra mente o nuestra alma, a menudo caemos en la tentación de abrigarnos y escondernos tras un eufemismo o un tecnicismo en el que justificarnos para poder así seguir viviendo en una zona de razonable confort.
 
 

Es algo que puedo observar a menudo en este blog. Muchos de los comentarios que recibo a diario de casi cualquiera de sus artículos, hacen referencia al "alivio" que sienten los lectores al conocer "por fin" el nombre de su mal, al poder finalmente ponerle una etiqueta a la que aferrarse. Por otro lado, también es cierto que recibo comentarios bastante extensos de personas que aprovechan para desahogarse y transcribir lo desesperados que se encuentran, aunque en la mayoría de estos casos no se trata de procrastinadores si no --por desgracia-- personas que están pasando por una grave depresión. 

Esto por supuesto tiene aspectos positivos y negativos. Por un lado, es gratificante saber que uno no está solo, que no es un bicho raro e incomprendido. Por otro, existe el riesgo de acomodarse bajo la excusa de "no hay nada que hacer, ¿soy un procrastinador y punto!" y no hacer nada por mejorar nuestras condiciones de vida.

Debido a este motivo, y para evitar un etiquetado fácil y acomodaticio de nuestra forma de ser y actuar, quisiera dedicar este artículo a distinguir entre tres tipos de conductas o fenómenos psicológicos: la Procrastinación, la Abulia y la Akrasía.

La Procrastinación es -como hemos indicado a menudo aquí- básicamente una conducta de evasión, que busca evitar aquellas realizar aquellas tareas que no nos suscitan una recompensa intensa e inmediata, o de las que no somos capaces de interiorizar sus beneficios posteriores a corto, medio o largo plazo; y su reemplazo por otras tareas distintas a las que nos entregamos con extremo entusiasmo y eficacia, aunque no son urgentes ni necesarias para nuestros proyectos.

La Abulia es un estado de ánimo donde la energía, la fuerza de voluntad, el entusiasmo y la motivación se encuentran bajo mínimos. Una persona deprimida suele estar abúlica, sin ganas de hacer nada, mucho menos de emprender proyectos. En otras palabras, es "estar desganado". 

La akrasía (o acrasia) es quizá un fenómeno menos conocido popularmente. Es un término procedente del griego antiguo que vendría a traducirse como "falta de voluntad". En español a menudo se suele traducir -en círculos académicos- como inconteniencia. La akrasía consiste en acabar actuando en contra de nuestro convencimiento racional. Esto es, cuando nuestra razón, a pesar de haber analizado todas los posibles comportamientos o acciones que den respuesta a un problema y haber optado por una solución, acaba actuando siguiendo otra opción, a menudo opuesta o contraria a nuestra conclusión racional inicial. Es decir, es básicamente un comportamiento ilógico.

Entonces, ¿cómo estarían correlacionados estos tres conceptos? 

Para empezar, un procrastinador es en general un acrásico pero no necesariamente a la inversa. La mente procrastinadora es totalmente y racionalmente consciente de lo que tiene que hacer, de qué tareas necesita desempeñar y con qué grado de preferencia y, sin embargo, a la hora de ponerse a la acción acaba casi siempre realizando otras tareas secundarias que no estaban ni siquiera planeadas en su mente, pero que acaban realizando a menudo incluso con brillantez.
 
Es decir, la razón dictaba hacer "A" y acabó haciendo "B", cuando "B", al ser una tarea no necesaria, acaba teniendo efectos perjudiciales. Al procrastinador le falla la fuerza de voluntad y acaba optando por una escapatoria en forma de actividades alternativas placenteras y una fuerte dosis de autojustificación para poder soportar la voz de su conciencia (racional) que le avergüenza en el fondo.

Sin embargo, un comportamiento acrásico puede no derivar en procrastinación si no en abulia. Esto lo podemos ver tanto en dinámicas individuales como de grupo. Pensemos en el típico grupo de amigos que se reúnen para salir un sábado por la noche, pero sin ningún plan trazado claramente. ¡Cuántas veces las buenas intenciones de pasarlo bien del grupo han acabado en aburrimiento al ser incapaces los miembros de ese grupo de llegar a un acuerdo sobre qué hacer o a dónde ir? Si todos estaban de acuerdo en que lo mejor era reunirse para divertirse, ¡por qué la noche acabó arruinándose? La falta de voluntad colectiva tuvo la forma de abulia, cuando la mayoría de los miembros optó por la típica actitud pasiva del "a mí me da igual, lo que digáis vosotros". El resultado final de todo ello, ya lo sabemos. El grupo se comportó de forma acrásica y abúlica. Paradójicamente, si la akrasia de grupo hubiera derivado en procrastinación, la noche hubiera acabado mejor, ya que los planes iniciales se habrían sustituido por una actividad espontánea más placentera. Es también el más que célebre "¿Al final lo que no se planea sale mejor!". Esta exclamación encierra dentro el hecho de que pertenecimos, al menos esa noche, a un colectivo social acrásico y procrastinador.

Podríamos entonces ilustrar de forma resumida la relación entre los tres conceptos con la siguiente sinopsis:
 
 

Es decir, la procrastinación sería una forma de akrasía. La akrasía nos puede conducir a veces a la abulia. Pero la abulia no es procrastinación, ni es akrasía: es un punto muerto.

¿Cómo podemos combatir estos aparentemente ilógicos comportamientos acrásicos, como la procrastinación? En un curioso estudio conducido por el profesor Roy Baumeister, y mencionado en su libro Willpower: Rediscovering Our Greatest Strenght, se midió la fuerza de voluntad y la determinación en realizar las tareas más racionales en un grupo de personas. A la mitad de ellas se les había administrado café azucarado, mientras que a la otra mitad se les había dado café con edulcorante pero idéntico sabor. Se encontró una inclinación apreciable de las primeras por abandonar comportamientos akrásicos y hacer caso a sus decisiones meditadas racionalmente, mientras que la otra mitad tenía tendencia por tomar decisiones basadas -aparentemente- en impulsos irracionales.

Según Baumeister, vivimos en una sociedad que nos obliga constatemente a tomar decisiones rápidas. Cada vez que tenemos que pensar en optar por algo, nuestro cerebro paga un "precio biológico" y es sometido rápidamente a un estrés que acaba en fatiga mental, y nuestra mente opta por ahorrar energía abandonándose en el modo acrásico, tomando decisiones casi sin pensarlo. Sería en este punto donde nuestro cerebro necesitaría una "inyección de glucosa" para recuperar la fuerza de voluntad perdida.

Este factor es explotado por la mercadotecnia, ofreciéndonos las opciones de compra más costosas al final de un tortuoso camino de fatiga mental por decisión.  

Piénsenlo, cuando alquilamos un coche... ¿cuándo nos preguntan si queremos adquirir el seguro de asistencia complementaria en carretera? ;-)

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